EL MISÁNTROPO EN LA INTIMIDAD DE SU UNIVERSO


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misantropía
Del gr. μισανθρωπία misanthrōpía.
1. f. Aversión al género humano y al trato con otras personas. U. t. en sent. fig.
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Por Pedro Taracena Gil



He observado el término misantropía en su vertiente patológica, pero no renuncio a seguir utilizándolo en este breve ensayo, aunque lo enfocaré desde el mundo de las emociones. Para reafirmarme en la decisión de utilizar el término misántropo, he acudido a una de las comedias de Moliere, El Misántropo. El tono desenfadado de la trama de esta obra, se acerca más a la realidad intima del individuo en relación con la sociedad, que a ninguna desviación enfermiza. Cuando a un individuo se le etiqueta con términos excluyentes como: misántropo, introvertido, antisocial, individualista, optamos por ignorar su propio mundo interior en lugar de analizar las causas de su comportamiento. De otro modo, cuando le calificamos con patologías perversas sin atenuar su gravedad como: egocéntrico, narcisista, exhibicionista, voyerista o simplemente curioso o cotilla, criminalizamos actitudes que en cierta medida en la moderación son positivas.



Las principales emociones primarias son aquellas que configuran nuestro mundo interior; contribuyen a nuestra felicidad, o a nuestras frustraciones e insatisfacciones. Estas sensaciones según sean gestionadas por nuestra inteligencia emocional obtendremos grados de autoafirmación, autoestima o autorreconocimiento. Las emociones principales para abordar este ensayo son: el miedo, la alegría, el amor, la tristeza, la sorpresa y la ira. Para abundar más en estos términos que cada cual debe interiorizar como sentimientos propios, es preciso observar estas magnitudes sin prejuicios ancestrales de cualquier naturaleza, y complejos que distorsionen la realidad de nuestros sentimientos. Aunque hay autores que escudriñan las variaciones de cada emoción con suma precisión, personalmente, he optado por memorizar algunas para que el lector obre en consecuencia. Estas son aquellas emociones secundarias que acuden a mi mente recordando alguna
vivencia personal.


 
 
Referente al miedo: ansiedad y angustia ante sensaciones   claustrofóbicas, terror y pánico ante una situación límite de incomunicación y aislamiento  ante una ventisca de nieve, niebla, viento,  frío y hielo.
La alegría brinda su cobertura en momentos donde se experimenta: el éxtasis como experiencia mística, la felicidad como vivencia positiva propia, en pareja, familiar o amical, y el entusiasmo, expresión de satisfacción ante la resolución de dificultades. Cuando el ser humano ahuyenta los prejuicios y los complejos que frustrarían su libertad sexual, sin duda es causa de alegría: el placer, el gozo, el erotismo, vividos consigo mismo o compartidos con otro ser querido o deseado.
El amor es fundamental en la vida de cada persona. Según la psicología el amor es dar autoestima al otro. Otras acepciones de la emoción amorosa son: El amor platónico como reflejo del amor perfecto que habita en el mundo de las ideas, según el filósofo clásico, el amor romántico donde abundan las emociones preñadas de sensibilidad, el amor religioso o familiar, también la amistad, el altruismo y la filantropía. Tres emociones secundarias relativas al amor muestran su característica cualitativa: el afecto, el deseo sexual y la lujuria, esta última, como factor positivo. La lujuria al margen de las consideraciones perversas y ancestrales, constituye en sí misma una emoción altamente satisfactoria: la excitación, la pasión y la infatuación. Este último vocablo supone creerse lleno de presunción o vanidad infundada y ridícula, es decir, una farsa.
La tristeza se relaciona con otras emociones que constituyen carencias de parcelas de felicidad: la depresión como patología de nuestros días, la infelicidad como consecuencia del desamor, la miseria provocada por la injusticia y la desigualdad social, la melancolía por la soledad, la ausencia de seres queridos, la tristeza por la muerte de gente en general y en particular personas más cercanas.
La sorpresa es la reacción ante un resultado inesperado. Es una emoción que cuando se experimenta se acompaña de elevación de las cejas, las líneas horizontales de la frente, la boca abierta, se estira la piel debajo de la cejas  y los párpados muy abiertos. Dependiendo de la intensidad, la boca no se abre, pero solo la mandíbula puede entreabrirse. Como reacción a esta emoción se encuentra el asombro, que calibra la intensidad de la sorpresa de lo inesperado y de la reacción positiva o negativa del contenido de la sorpresa.
La ira da lugar a la amargura, al resentimiento, al asco y al desprecio, así como los celos y la rabia. No obstante, el odio brilla con luz propia entre todas las emociones de esta naturaleza. El odio es una emoción que si la despojamos de sus connotaciones religiosas y morales, y la situamos en el centro del humanístico laico,  se la puede considerar negativa tan solo cuando constituya dolo para la persona u objeto odiados. Es una emoción que debe ser gestionada con la madurez e inteligencia emocional de cada cual. Los países democráticos modernos se han dotado de leyes civiles que determinan el delito y la pena para reparar el daño causado por el odio. Pero el odio es una emoción que alberga un sentimiento que pertenece a la privacidad del individuo, que en no pocos casos puede constituir un desahogo y una satisfacción el vivirlo a voluntad, sin causar daño a terceros.


 
Este muestrario de emociones conforman la hoja de ruta que cada ser humano dispone a lo hora de navegar por su universo interior. Es imperativo que antes de entrar en el Sancto Sanctorum de cada cual, debamos despojarnos de todo prejuicio moral, religioso y social impuesto por nuestros antepasados. Y por supuesto abandonar en el pórtico nuestros complejos y prejuicios, adquiridos por la adaptación de nuestro pensamiento según los deseos del prójimo. La forma de sentirnos libres de este equipaje es despojarnos de él y entrar desnudos en la profundidad de nuestro yo. Nuestra espiritualidad no está allá arriba, sino ahí dentro, en lo más hondo de nuestro Ser. Sí, con mayúscula porque ese es nuestro verdadero Dios.


El amor y el odio han sido las emociones más perseguidas y castigadas en el mundo, bajo el imperio de la doctrina de las tres religiones monoteístas. El único dios, bajo las nominaciones de Alá, Yahvé o Jehová, ha conducido a los tres pueblos por el largo camino hacia su salvación; imponiéndoles dos preceptos básicos: Creced y multiplicaos… y No gozarás. Es decir, utilizad los órganos genitales para la procreación pero no para alcanzar el gozo y el placer, al margen de la perpetuación de la especie. Este planteamiento simplista desde el punto de vista teológico, es obvio y real desde la praxis de las tres religiones. 
 


Llegados al umbral de nuestro Yo, entremos y escudriñemos las estancias más íntimas. Convirtamos nuestro viaje al interior de nuestras vísceras, en una experiencia mística. Todo ha de ser impúdico, el pudor es una muestra de reprensión, debemos de conservar la inocencia que nos sitúe en aquel instante anterior, a cuando Adán y Eva no habían advertido su desnudez. La sensualidad, la sexualidad, el erotismo y el placer no conocen género, masculino o femenino. Únicamente se diferencian en el ayuntamiento para obtener descendencia y así cumplir el mandato divino.
Conocerse y amarse a sí mismos y conocer y amar a los demás no es una tarea fácil de realizar. Nos han educado para odiarnos más que para amarnos. La religión nos ha hecho víctimas propiciatorias en aras de la castración y la frustración. El narcisismo lejos de ser perverso es positivo para lograr la autoestima. En la medida que nos amemos a nosotros mismos, permitiremos ser amados por los demás. Todos necesitamos que nos miren y nos admiren, y no por eso el ser exhibicionista es negativo. Tampoco apartamos la visión si algo o alguien llaman la atención de nuestra mirada. El narcisismo, el exhibicionismo y el voyerismo, únicamente constituirán una patología perversa si un facultativo científicamente lo determina. Y siempre cuando estos comportamientos no se desarrollen entre iguales. La pederastia y el incesto no tienen cabida en la realización sexual, donde debe imperar la libertad, la igualdad, el respeto y la complicidad entre pares o iguales.



Seguimos viajando por nuestros infinitos recovecos y hallamos la autocomplacencia. Recordemos que tampoco nos está permitido provocarnos placer a nosotros mismos, según la moral tradicional. La utilización por nosotros mismo de todas las partes de nuestro cuerpo, para provocarnos gozo y placer, con todos los medios a nuestra alcance, es un logro que además de provocar emociones y sensaciones placenteras, nos permite adentrarnos en el gozo místico en nuestra dimensión más carnal y al mismo tiempo más sublime y espiritual.
Acariciarnos, abrazarnos, masajearnos y lograr que nuestras partes más eróticas estallen de felicidad, es una manera eficaz de aumentar nuestra autoestima y nuestra autosatisfacción, señal inequívoca, de que estamos enamorados de nosotros mismos. ¡Narcisismo! Sí, todos podemos ir en busca del Narciso que llevamos dentro desde niños.
La exploración de nuestro interior no debe de tener límites, allí donde haya una zona erógena, es preciso seguir las huellas del Ser que te pertenece y que si tú no lo descubres, se quedará inédito dentro de ti. Tanto si tú, lector, eres hombre como si eres mujer… Hemos observado que no hay géneros, solamente una misma sexualidad. 



El gran enemigo del hombre está en su propia vocación machista. El hombre según la teología monoteísta, solamente sirve como semental de su propia especie. El macho, antes que hombre, debe ayuntarse con una hembra, antes que mujer. No obstante, si hemos tomado el camino de llegar a nuestro Ser, hay que continuar… Rompamos el paradigma. Si somos mujeres, exploremos. Y si somos hombres, exploremos igualmente. De forma impúdica, sin pudor… Hablemos de la masturbación como el medio de llevar a cabo la autocomplacencia, que elevará nuestro grado de autoestima. En esa cumbre sin límite está nuestro Ser, nuestro Yo. El hombre se despojará del guión escrito para el macho que consiste en: excitación, erección, penetración, eyaculación y media vuelta… Exploremos los triángulos formados por: nuca, cuello y oreja. Genitales, perineo y ano. Parte exterior del ano, anillo y punto P. Otro de los triángulos lo forman los pezones, los pechos y el clítoris con el punto G. Parcela tu cuerpo y busca el resto de los triángulos cuyo vértice esté situado en lo más profundo de tu Ser.


Retomemos el título de nuestro ensayo, EL MISÁNTROPO EN LA INTIMIDAD DE SU UNIVERSO. Como en la obra de Moliere, el misántropo que no se deja llevar por el mundo exterior y sin embargo, conoce muy bien su universo íntimo, es quien alcanza la seguridad consciente. Con un alto grado de autoconocimiento y de autoestima, estamos mejor  preparados para  la satisfacción individual y llegado el caso para la felicidad del orgasmo compartido.




GALERÍA EL ÁNGEL CAÍDO



Escultura: Ricardo Bellver

Reportaje fotográfico: Pedro Taracena

Las imágenes han sido tomadas desde cada uno de los ocho lados del pedestal girando 360º. 
Nota aclaratoria: El párrafo que comienza "el amor y el odio", el autor abandona la idea de tratar aquí el tema del odio. Sin embargo, desea establecer este enlace con el ENSAYO SOBRE EL ODIO. Un texto donde se permite dar un enfoque personal sobre este espinoso y controvertido asunto.


 GALERÍA DE ATRIBUTOS DEL ÁNGEL CAÍDO









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